La pobreza es una dolorosa trampa en la que se encuentran millones de personas en el mundo. A pesar de que es un padecimiento milenario sobre el que se han realizado disertaciones innumerables, su estudio y análisis más riguroso comenzó a partir de la Revolución Industrial en Inglaterra y Francia, en sintonía con la nueva relación entre el Estado y los ciudadanos.

Hoy, prácticamente todos los países del mundo cuentan con programas sociales que procuran acercar recursos a su población más vulnerable para alcanzar un nivel mínimo de bienestar. En América Latina, México fue pionero con el programa Progresa que consistía en transferencias condicionadas en efectivo al cumplimiento de requisitos asociados a la educación, salud y alimentación. Pero, ¿por qué a más de 20 años de la implementación de políticas sociales no hemos consolidado avances considerables?

La pobreza es un fenómeno multidimensional que pone en desventaja a las personas que la padecen frente a sus similares en deciles más altos de ingreso, por lo que su condición tiende a perpetuarse a través de generaciones. La corriente asistencialista dominante en los años noventa, aunque tuvo efectos sobre la calidad de vida de la población vulnerable, no redujo el número de pobres, ya que existen fallas de origen que les impiden escalar en la pirámide social.

Por un lado, cuando las transferencias están condicionadas, el éxito del programa depende de la eficacia y calidad de las instituciones, las cuales tienden a ser frágiles en países en vías de desarrollo. De esa manera, el orillar a las familias a mantener a sus hijos en la escuela, si ésta no les proporciona conocimientos y habilidades que les permitan acceder a empleos que requieren capacidades complejas, los coloca posteriormente en desventaja frente a quienes cuentan con experiencia laboral previa. Además, la falta de cultura financiera y de negocios que consistentemente se encuentra en la población más vulnerable provoca un ejercicio poco eficiente de los recursos y un bajo nivel de ahorro que, sumado a la mínima bancarización, diluye el potencial efecto paliativo de la entrega de recursos.

Actualmente, se dio un giro en el enfoque de los programas sociales, pues se pasó de una aproximación asistencial a una de inclusión financiera y productiva. Este segundo enfoque no sólo integra las transferencias en efectivo a los beneficiarios; también incorpora la transferencia de habilidades y competencias para que, con el apoyo de financiamiento y capacitación, logren crear un medio de subsistencia que incremente sus ingresos. El principal reto de este tipo de proyectos depende en gran medida de las preocupaciones, necesidades e intereses del beneficiario, de oportunidades reales y con viabilidad de largo plazo.

Existen proyectos productivos que buscan mover a los participantes de actividades primarias a la oferta de servicios, lo que requiere una transferencia importante de conocimientos que les permitan ofrecer servicios demandados en el mercado. Por ejemplo, la reconversión productiva orientada al turismo, a través de visitas guiadas, servicios de transporte y oferta gastronómica han demostrado haber tenido éxito, especialmente en zonas costeras.

Por otro lado, existen aquellos proyectos que buscan capitalizar las capacidades con las que cuenta la población objetivo para generar un negocio que ellos mismos gestionen. Por ejemplo, a través del cultivo de productos de mayor valor agregado, como el caso de la stevia y el amaranto en proyectos de Prospera en México. Estos proyectos cuentan con la dificultad de tener que organizar por completo la cadena de producción y distribución que se utilizará en el negocio, pues son actividades generalmente ajenas a los beneficiarios y, frecuentemente, tienden a tener un periodo de funcionamiento muy corto.

Por último, este enfoque también requiere de un mayor acceso de la población objetivo a servicios bancarios, con el objetivo de aumentar el ahorro y el acceso a recursos financieros. Aunque las personas en condición de pobreza tienden a generar ahorros, utilizan instrumentos que tienen un mayor riesgo y costo, además de efectos limitados. Así, tal como se observó en el caso de la India, donde de 1977 a 1990 se ofrecieron microcréditos en zonas rurales y, a través de lo cual se consiguió aumentar de 1% a 2.2% anual la reducción anual de la pobreza.

Así, se puede observar cómo ha existido una constante preocupación por eliminar el número de personas que viven por debajo del nivel de bienestar. Esta preocupación se ha traducido en políticas públicas y ha impulsado a los tomadores de decisiones a buscar nuevos mecanismos y estrategias para generar un impacto considerable. El mecanismo de proyectos productivos, aunque tampoco ha generado impactos importantes en las experiencias previas, si ha acercado más y mejores herramientas a la población vulnerable para mejorar su calidad de vida.

Por un lado, porque se ofrecen nuevas competencias que pueden ser vendidas en el mercado y, por otro, por el efecto sobre la percepción individual al sentirse poseedor de un medio de subsistencia. Pero para que estos proyectos tengan éxito, es indispensable, en primer lugar, acompañarlo de servicios de calidad que les permitan superar las desventajas que inherentemente padecen; en segundo lugar, basar los proyectos sobre una investigación y análisis profundo, donde el eje sea la viabilidad financiera a largo plazo, y por último, que cuenten con evaluaciones y seguimiento constante para corregir errores y aprovechar áreas de oportunidad.