Por Dafnís Rosado

Desde mediados de los ochenta, los medios de comunicación digital iniciaron un proceso de crecimiento desbordado. La explosión del internet impactó a casi todo el planeta, modificando de manera sostenida y profunda diferentes ámbitos de la vida social y política en el mundo. Nuevos medios, más rápidos y plurales, menor control de la información y un ciclo noticioso de 24 horas transformaron la democracia.

Gracias a la facilidad con la que hoy es posible intercambiar información, la relación entre gobernantes y gobernados se ha visto modificada poco a poco, reduciendo costos de comunicación y facilitando el monitoreo ciudadano. Por un lado, para los gobiernos cada vez es más fácil transmitir mensajes y logros a un mayor número de personas. Por otro, es más fácil para los ciudadanos acceder a diferentes visiones de un tema específico, además de permitirles monitorear y comunicar la conducta de sus representantes y servidores públicos (Castells, 2010, 89).

Esa vigilancia permanente ha permitido ventilar abusos y excesos dentro del sector público y privado: los Panamá Papers, los conflictos entre la policía y la comunidad afroamericana en Estados Unidos, el enriquecimiento de la familia Kirchner, los sobornos en Petrobras, entre otros. Estos hechos han recrudecido la desconfianza hacia los líderes y tomadores de decisiones.

Como consecuencia, han surgido discursos de cambio radical e inmediato que cada vez han conquistado más entusiasmo de los votantes. Hemos visto como, ya sean de derecha o de izquierda, las ofertas radicales por cambiar el status quo han encontrado eco en cada rincón del mundo: Trump, Le Pen, Obrador e incluso el movimiento por el Brexit nos demuestran que la opinión pública esta sedienta de un cambio en la oferta política (Castells, 2010, 317-329).

No sorprende que estas narrativas hayan tenido éxito. La mayor parte de los gobiernos tienen una enorme dificultad para comunicar sus logros y manejar sus crisis. Los funcionarios suelen pronunciar discursos repetitivos y monótonos, inoportunos o descontextualizados, carentes de profundidad y, por si fuera poco, rebuscados y complicados. Además, parecen no atinar en entender de donde proviene el descontento.

No hay peores gobernantes que antes, pero ahora hay mayores retos para encontrar las palabras que empaten con las exigencias de la población. Y es frente a esa falla de comunicación que ocurren fenómenos aparentemente contraintuitivos: por ejemplo, Querétaro y Aguascalientes fueron dos de los estados más prósperos en los últimos años, tenían los gobiernos mejor evaluados y, sin embargo, la gente votó por una alternancia.

Frente a este contexto Italo Calvino propone una solución para el nuevo milenio que resalta por su sencillez: la levedad. Calvino propone quitarle peso a las cosas, identificar la energía que mueve la historia en nuestro siglo y transmitirla de una manera accesible y sencilla (Calvino, 2012, 17-24). A pesar de que las redes sociales nos han acercado unos a otros, el lenguaje y la rigidez nos apartan. 

Y es esa distancia la que ha permitido que los mensajes que ofrecen una solución sencilla y rápida, que identifican sin temor a duda a los culpables de los problemas y que sólo repiten lo que saben que la gente quiere oír han prosperado; sin importar la viabilidad real de sus propuestas. El mal humor social se ha generalizado generando una narrativa alrededor del disgusto.

Existen ejemplos exitosos en donde los aspirantes a representar a una comunidad o un país consiguen combinar un discurso atinado que le permite ser escuchado y entendido. El ejemplo perfecto es Barack Obama, un hombre cuyo discurso coloquial, directo y preciso le permitió ganar la candidatura demócrata y mantenerse ocho años en la casa blanca.

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